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Antoni M. Alcover i Sureda nació el 2 de febrero de 1862, en las casas de Santa Cirga, en la circunscripción de Manacor, cuarto hijo de una familia de cosechadores. Sus padres, Antoni Alcover y Catalina Sureda, tuvieron seis hijos; todos, menos Antoni que fue sacerdote y Miquel que entró en la Compañía de Jesús, fueron cosechadores. La familia, marcada por una profunda preocupación religiosa, en el terreno de la política fue tradicionalista, partidaria de la causa de don Carlos. Posiblemente, Alcover fue a la escuela pública del pueblo y recibió lecciones particulares de física y latín. Así, vivió sus primeros años de vida siguiendo las costumbres de la tradición rural mallorquina, en un ambiente campesino y muy religioso. Acudía a menudo a la casa de su tío, el cura Pere Josep Alcover, que ejerció una gran influencia sobre su vida.

A los 15 años, el 1877, decidió ingresar en el Seminario Diocesano para realizar los estudios eclesiásticos y se marchó a Palma, donde vivió en un piso de estudiantes. De seguida destacó por su capacidad de escribir y, además, siempre fue muy trabajador. En esa época, los seminaristas leían el periódico El siglo futuro y compartían el ideario antiliberal. También leían L'ignorància (La Ignorancia), el semanario humorístico y costumbrista que empezó a publicarse el 1879.

El 1878, Alcover viajó por primera vez fuera de Mallorca, a Roma, el primer año del pontificado de León XIII. Un año más tarde, el 1879, a los diecisiete años, habiendo leído los cuentos de Antonio de Trueba, decidió imitarlos en castellano y ambientarlos en Mallorca. Sin embargo, pronto pasó a escribir en catalán, para que eso que explicaba resultase más creíble.

Además, Alcover se relacionó con los principales intelectuales de la época. El 1880 conoció al poeta Miquel Costa i Llobera. Poco tiempo después, le presentaron al profesor y poeta Tomàs Fortesa, que le desveló la inquietud por la filología y la investigación de materiales literarios populares. Las primeras amistades lo acercaron a otros escritores de la Renaixença, que le transmitieron la estima hacia la lengua. El 1883, hizo un viaje para visitar el santuario de Lourdes y, de paso por Barcelona, conoció a Marià Aguiló. Éste había emprendido una lucha por la lengua y hacía trabajos de recolector de materiales lingüísticos (palabras, cuentos y canciones), por lo cual se convirtió en un mito de la Renaixença y fascinó al joven seminarista. Así pues, este año Alcover manifestó la dirección que tendría su actividad investigadora y literaria: la investigación filológica, la recopilación de cuentos populares mallorquines, la recolección de canciones antiguas, la compilación de glosas y la actividad polemista en los periódicos por las luchas políticoreligiosas.

Asimismo, Alcover colaboró en las principales publicaciones periódicas del momento, para las cuales escribió centenares de páginas sobre temas religiosos y históricos y, a menudo, polémicos. Por otro lado, viajó por Europa para formarse en filología con el objetivo de llevar a cabo un gran diccionario de la lengua catalana. De hecho, cabe destacar su gran capacidad de convocatoria, ya que implicó miles de colaboradores en el proyecto del Diccionari català-valencià-balear (Diccionario catalán-valenciano-balear). También promovió el Primer Congreso Internacional de la Lengua Catalana que se celebró el 1906, y el 1911 fue nombrado el primer presidente de la Sección Filológica del Instituto de Estudios Catalanes.

Por lo tanto, Antoni M. Alcover fue un folclorista que recogió del pueblo un cúmulo de rondalles (cuentos populares), fue un polemista entusiasta, historiador que se ocupó de la historia de Mallorca y de sus grandes personajes y también fue arquitecto. Además, fue canónigo y vicario general de la Diócesis de Mallorca. También promovió grandes iniciativas y empresas culturales como la organización del I Congreso Internacional de la Lengua Catalana, la Obra del Diccionario o la creación de la Sección Filológica del Instituto de Estudios Catalanes. Así pues, dedicó toda la vida a la iglesia y a la lengua, a la investigación y al estudio de las palabras. Murió el 8 de enero de 1932, en Palma, y posteriormente fue trasladado a Manacor, donde reposa.


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